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Festival de Teatro Clásico de Chinchilla

Población : Chinchilla de Monte-Aragón
Lugar : Claustro de Santo Domingo
Tipo de evento: Teatro Clásico
Precio: 12 €
Público Recomendado: Todos los públicos



30/06/2009
  • 23:00 h.
Los enredos de Scapín



Cuando, tras su gran trilogía –El Tartufo, Don Juan y El misántropo–, Molière se da de bruces con la censura, decide cambiar de registro ya hasta su muerte y emplear elementos de una novedad radical: para criticar a la sociedad de su tiempo va a fundir en su última etapa los elementos de la farsa antigua –griega y latina– a una visión propia, convirtiendo así sus últimas comedias en punto de llegada de toda una tradición y en punto de arranque de lo que será la comedia moderna. 
 
Para Los enredos de Scapin, estrenada en mayo de 1671, utilizó el Phormio de Terencio, remake a su vez de una pieza de la “comedia nueva” del Menandro, –además de unas gotas de Plauto, todo ello sazonado con el aire de la commedia dell´arte–, como falsilla, sin que cada línea y cada personaje deje de ser una creación propia enmarcada en las características de la comedia francesa; la creación de un personaje como Scapin entroncaba con un antepasado francés, Turlupin –cuyas artimañas y cuyo traje a rayas verticales utilizaba. Con él consiguió Molière un criado ingenioso e intrigante, a medio camino entre Panurgo y Fígaro, cuyas andanzas devuelven al espectador a las fuentes primarias de la risa. 
 
Los enredos de Scapin es un mosaico de recursos donde Molière mete un poco de todo: comedia latina, farsa, teatro italiano e incluso recuerdos de viejas obras suyas, desde El atolondrado al Tartufo y al Avaro; por encima de la trama tópica de los dos jóvenes enamorados que necesitan de la astucia del criado para llevar a buen puerto su amor, el tema de la comedia juega con la idea del teatro dentro del teatro: El eje de la acción es ese criado que se dedica a crear intrigas sobre la marcha, a inventar situaciones en las que utiliza como personajes a cuantos le rodean: "Sin vanidad puedo decir que apenas se ha visto hombre que sea más hábil obrero de resortes e intrigas, que haya alcanzado más gloria que yo en este noble oficio", dice Scapin nada más iniciarse la obra; el efecto de esa frase, en un Scapin interpretado el propio Molière, debió de provocar una sonrisa de inteligencia en los seguidores del dramaturgo: ¿quién hablaba, Scapin o Molière? Y no es ésa la única vez en que Molière hace reflexiones personales sobre su situación biográfica por boca de su personaje. 
 
Como farsa, Los enredos de Scapin no podía evitar insinuar un sentido social, cuestionando el medio burgués en que se desarrolla la obra: porque cuando Scapin abofetea con sus trucos la autoridad de los dos jefes de familia, Geronte y Argante, está ridiculizando el elemento en que descansa esa institución: el dinero; cuando hablan de honor refiriéndose a las bodas que proyectan para sus hijos, en realidad están hablando de interés: han buscado pretendientes que puedan incrementar y transmitir la fortuna familiar. Molière apunta su dardo contra la avaricia, entendida como una característica, la más esencial, de unos burgueses a los que Scapin sabrá tocar en su punto más sensible. Una sociedad, la de entonces, que se parece mucho a la actual, donde tampoco se reconoce otro valor que el del dinero. El astuto criado llega en su sátira hasta la subversión, por ejemplo cuando describe a la justicia como un cúmulo de corrupciones que hacen imposible la vida de una sociedad mínimamente habitable, porque sería utopía y locura pedir que fuera justa. Y cuando Scapin habla, es Molière quien fustiga, entreverando el veneno de la sátira con los amores de Octavio y Jacinta, de Leandro y Zerbineta; y tampoco dejará de dar su opinión en las materias amorosa, declarándose partidario de una moral distinta de la colectiva en la que afirma el derecho del individuo; no admite cadenas sociales, ni coacciones religiosas: "Odio esos corazones pusilánimes que por prever demasiado las secuelas de las cosas, no se atreven a emprender nada". El individuo debe ser dueño de su propio destino, y, predicando a través de Scapin una filosofía del placer que huele a libertinaje, como en Don Juan, Molière defiende la libertad soberana del hombre. 

Mauro Armiño (traducción y versión)
Dirección: Isidro Rodríguez Gallardo




 

 

 

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